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Soy el Río. Nadie me ve y nadie me siente. Maldita sea todo cuanto me golpea. Maldita sea la mano que me asesina todos los días. Malditas las manos todas de los hombres que me golpean. Estoy solo, solitario, en desamparo, en orfandad directa. No tengo huesos ni piel. El torrente se empeña en seguir su curso, a pesar de mis cansados pasos. Soy esta botella de ron barato que golpea mi piel prehistórica, ancestral, antigua; tan nada para unos y tan mucho para otros. Mi vida, mi dicotómica vida se debate entre los que se sirven de mí para escribir bellas prosas de amor y poemas y los que insensiblemente me matan a diario. ¡Murió el Río de indigestión, 15.327.435 botellas le cayeron mal!, así dirá mi epitafio. Se escribirán unas cuantas cuartillas en mi nombre- tú sabes no hay muerto malo-. Pero nadie o pocos, sabrán de mi oculto fuego, de mi lamento, de mi visceral arrechera. De mi encono milenario en contra de las almas que me pisotean. ¡Yo soy el Río he dicho! No hay otro. ¡Soy el que Soy!, el viviente, el que todo lo sabe. Yo y mi mansedumbre a cuesta. ¡Soy el pan carajo!, que nadie lo dude ni un segundo ni un siglo. Entre las piedras y yo existe el secreto. Soy el que todo lo ve, y pese a ello, hago sepulcral silencio. ¿Será que merezco mejor vida? ¿Por qué el Sena sí y yo no?, ni hablar del Nilo. Sólo 15.327.435 botellas lograron matarme. Los cálculos científicos sirvieron para efectos de mi autopsia; pero no pudieron advertir que estaba enfermo de muerte lenta. Ni para eso sirvió la docta scientia. Tan llena de cálculos inútiles y "objetivos". Pero igual el Río ha muerto, con todo y peces. El Río era la casa de los peces; hasta servía para hacer reseñas en la escuela primaria; aunque algunos padres contravinieran eso de las reseñas y el amor primario por el Río cuando con botella en mano arrojaban sin el menor pudor cultural e idiosincrásico la conciencia de la destrucción. El niño comenzó a mirar al Río "como algo que estaba allí y que no estorbaba". Que no le hacía nada a nadie, que era generoso en peces, que nos divertía de vez en cuando, que a veces era bonitico y todo; en fin se dirá cada cosa del Río muerto, como nunca se dijo del Río vivo. ¿Pero quien es el Río en verdad? ¿Por qué apareció así, como si nada ante nosotros desde que nacimos? ¿Qué se cree Él? Bueno tendríamos que revisar su certificado de nacimiento, algo que diga que es realmente venezolano y no, pongamos por caso, neocelandés o celta. Hay que buscar sus papeles de nacimiento y su constancia de bautizo. Es la única forma de verificar su autenticidad; pero de qué sirve eso ya, si está muy muerto, muertísimo para el coño. No importa, hay que buscar algo que diga que fue venezolano; ello es importante para los registros de esta ciudad tan proclive a la desmemoria.


-A las tres de la tarde le pega el Sol de frente y encandila la mirada-. Es un espejo. Uno piensa que se remonta a los años del tananá. ¿Y ahora adónde irán a parar las toninas cantarinas? El Río, la antípoda del mar. Quieto y rumoroso, ancho de caderas submarinas. –Ah, pero Julio Verne les escribió un cuento-. Eso es cierto, pero Neruda no se quedó atrás. El Río, compañero solitario. ¿Para qué sirves si no es para el desdén y la ignominia? Alevosa mano se levanta el agosto festivo; toda la ciudad se vuelca en la aventura de la destrucción. –Hasta cabezas humanas han rodado por sus aguas-. Yo lo vi impávido, con la paciencia de los sabios, con una serenidad escandalosa. ¿Y si en la escuela primaria los niños aprendieran a respetar al gigante ancestral? -sería fino- dijo la muchacha de mirada perdida.

 

Al parecer, y según las pruebas de carbono 14, el Río es venezolano. No hace falta certificado de nacimiento entonces. O sea que hay que quererlo, -dijo uno de los muchachos más despiertos-. Será. ¿Será?, aún existe la duda. Creo que hará falta buscar más pruebas contundentes acerca de su nacionalidad. La duda persiste. Pero de qué rayos sirve eso. ¡Está muerto, o sea seco! Entonces de qué demonios sirvieron los yonosecuantos proyectos para rescatarlo y hacerlo "útil". Ya no habrá viajeras en el Río. Eso duele, duele en lo profundamente humano. En la víscera corpórea. Dolerá su ausencia como nunca. De seguro montan un gran Centro Comercial, allí donde antes existía "un río", eso sí que le hace falta a esta ciudad para progresar- dijo una joven muy a la moda-. Pensándolo bien yo creo que mejor allí se monta un gran estacionamiento, ¿no has visto cómo la industria automotriz venezolana ha crecido de forma vertiginosa?, esa es una idea brillante- dejó entrever un urbanista, especialista en tendencias arquitectónicas tipo deconstructivismo o high tech-. Lo malo es que se fue el Río y no dijo adiós. No hubo lágrimas ni lamentos. ¿Y cómo quedan los enamorados ahora que no hay Río para la contemplación y el amor? El Río, amor en aguas, en torrente cantarina, en alegres y tristes atardeceres donde los suicidas acuden al llamado de la muerte enamorada.


Se fue el Río ya. Ahora se va la vida cantando funesta canción…

 

 

Un aporte de "eldisociado"

 

 
 
 

 

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